La tendera de Lyme regis
- Fatima Hernández
- marzo 28, 2013
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Mary Anning fue una de las paleontólogas más importantes del mundo / DA
Como cada mañana recorrieron el mismo sendero, estrecho y -sin duda- peligroso que les conducía hacia los acantilados solemnes, custodios de la costa donde se hallaba enclavado el pintoresco pueblo. Su curiosidad le había llevado, como en otras ocasiones, a adentrarse, más y más, por la angosta vereda, sorteando toda clase de obstáculos rocosos que, sin embargo, Tray evitaba con especiales muestras de alborozo y diligencia. La jornada no había sido fácil, el viento que soplaba con fuerza desde hacía varias jornadas le había impedido hasta hora tardía salir a recorrer, como era su costumbre, el lindero del litoral donde había descubierto aquellas extrañas marcas, los enigmáticos restos. El cielo amenazaba lluvia y desde el este se oían algunos truenos que viniendo desde el cercano continente parecían acercar la tormenta sin solución de continuidad para romper, quizás sobre la medianoche, la tranquilidad que gozaban los apacibles lugareños.
Todo había cambiado en un segundo para la dulce Mary Anning desde aquella mañana de invierno, cuando observó que Tray había quedado paralizado ante aquel objeto peculiar, diferente a todo lo que habían hallado antes. Escarbó el animal con un ímpetu inusitado y su dueña no había tenido más remedio que agacharse, recoger sus enaguas, ensuciar sus botines y comprobar que -efectivamente- aquello no lo había visto jamás. Lo limpió con delicadeza extrema, intentando por todos los medios que el perro no se llevara algún fragmento con la malévola intención de dar -confundido- suculenta cuenta de ello. Dada la insistencia del can, al final no le quedó más remedio que atarlo junto a una imponente y pesada roca, y así evitar que con sus saltos de alegría destruyera para siempre el hallazgo.
Después trasladó todo con sigilo y mucha paciencia durante días, envolviendo los fragmentos -en perfecto estado- con una tela de lino que decía su madre le había regalado la condesa de Weltesser, propietaria de una mansión no lejos del humilde cottage familiar. Cuando tiempo después examinó con cuidado la pieza sobre una mesa amplia que logró instalar en su alcoba de techos bajos, luz tenue y cortinas de flores, concluyó que se trataba de un enigmático animal, jamás visto, probablemente un monstruo gigantesco, mitad pez, mitad reptil, quizás… cuya vida había acabado -millones de años atrás- de manera trágica en los bordes de aquellas orillas tenebrosas, junto al mar lúgubre y oscuro que bramaba con vehemencia durante los inviernos gélidos de su rincón solariego. Hizo bocetos, escribió una extensa carta y la envió… tenían que ayudarla, debían saberlo los entendidos…
Epílogo.- Mary Anning (mayo de 1799-marzo de 1847) está considerada como una de las más importantes paleontólogas, además de coleccionista y comerciante de fósiles, de la Inglaterra del siglo XIX. Descubrió, con tan solo doce años de edad, el primer esqueleto de ictiosaurio, es decir, un reptil marino del Jurásico en perfecto estado de conservación, cerca de su pueblo, Lyme Regis, un enclave situado al oeste de Dorchester y al este de Exeter, muy rico en yacimientos de ese periodo y que forma parte de la llamada Costa Jurásica (en la actualidad Patrimonio de la Humanidad) con una longitud de 153 kilómetros. Ya su primer descubrimiento que medía unos cinco metros de largo, dibujó con mimo y detalle y no se parecía a nada de lo conocido hasta entonces, había causado furor en Londres, donde un naturalista de nombre William Bullock lo expuso perfectamente montado. A la señorita Anning solo le pagaron veintisiete libras.
Con los años los importantes hallazgos se sucedieron, aunque para subsistir tuvo que abrir una pequeña y coqueta tienda donde vendía fósiles, dado que a pesar de ser una eminente experta, la Sociedad Geológica de Londres nunca la admitió entre sus miembros. Los valiosos informes, datos y conclusiones que enviaba con frecuencia, eran publicados por otros científicos sin mencionar siquiera su nombre. Aún así Mary siguió desarrollando su afición (yo diría su pasión) y dicho local llegó a ser el lugar donde hacían parada obligada muchos personajes ilustres que se sentían atraídos por los conocimientos de esta joven, caso del rey Federico Augusto II de Sajonia que le llegó a comprar un esqueleto de ictiosaurio para su colección particular o famosos museos americanos que adquirían piezas y luego trasladaban, a través del Atlántico, para exhibirlas en sus majestuosas salas. Sus descubrimientos fueron numerosos al igual que sus contribuciones a la Ciencia, incluso Henry de la Beche se basó en sus investigaciones para pintar la famosa obra Duria Antiquior (uno de los primeros paisajes-recreaciones hipotéticos sobre etapas pretéritas). Mary falleció a los 47 años de edad víctima de una grave enfermedad. La Sociedad Geológica de Londres, entonces, le dedicó un homenaje. Hasta el mismo Dickens escribió un artículo sobre ella en una revista de nombre All the year around, sí, sí, sobre ella, la incomprendida hija de un humilde ebanista de Lyme Regis ¿recuerdan? aquel pueblo al oeste de Dorchester y al este de Exeter…
“…las más sorprendentes petrificaciones y restos fósiles: desde la cabeza de un ictiosauro hasta bellos ammonites estaban expuestos tras el cristal. Entramos y encontramos una pequeña tienda y una habitación adjunta completamente llena de los productos fósiles de la zona…”
(Secretario del rey Federico II de Sajonia)
“…lo extraordinario de esta joven es que se ha familiarizado tanto con la ciencia que en el momento que encuentra algún hueso ya sabe a qué tribu pertenecen. Esta pobre muchacha ignorante, por la lectura y la aplicación ha llegado a ese grado de conocimiento como para estar habituada a escribir y hablar con los profesores y otros hombres inteligentes sobre el tema, y todos ellos reconocen que ella entiende más de esta ciencia que nadie en este reino…”
(Lady Harriet Silvester, Lyme Regis en 1824)
*Fátima Hernández es conservadora marina del Museo de la Naturaleza y el Hombre
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